México o la renovación constante del Día de Muertos

“Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría, / pues con callado pie todo lo igualas!”, dice el famoso soneto de Francisco de Quevedo. Es antigua la idea de que tarde o temprano la muerte le llega a uno, independiente del estrato social al que pertenece, y que por ello la muerte es un acto democrático radical, símbolo de la igualdad humana sin distingos. Tal concepto viene implícito en la representación tradicional de la muerte en México y es enfático en las fotografías de Ricardo Maldonado. En ellas muy variadas personas toman la forma de la muerte, asumen seriamente la fiesta, buscan el tiempo para hacer comunidad, se entregan a una tradición que en cada año se retroalimenta de otros accesorios y símbolos para mantenerse con vida, para seguir adelante.   

Pero la idea de la muerte en México, a diferencia de la del escritor español, no es “fría” ni viene con “pie callado”. Se distingue de otras ideas por sus vínculos con el colorido de flores, comidas y adornos usados en los altares de Dia de Muertos, con la juerga y el fatalismo por el uso del tequila o el mezcal en las ofrendas, que se resume en letras del cancionero popular, como aquella que dice: “No vale nada la vida / La vida no vale nada / Comienza siempre llorando / Y así llorando se acaba / Por eso es que en este mundo / La vida no vale nada”. 

En las fotografías de Maldonado los símbolos están a flor de piel, casi exigen ser expuestos en una imagen, buscan incluso la mano del fotógrafo que a su vez los está calculando para registrarlos. 

Es importante poner atención a las expresiones sobre la muerte en nuestro país. El imprescindible escritor mexicano Juan Rulfo, no sólo escribió una de las mejores novelas de los últimos tiempos, donde los vivos conviven con los muertos, también era un conocedor de las tradiciones mexicanas y latinoamericanas, que se aprecia en su labor editorial en el entonces llamado Instituto Nacional Indigenista. En 1983, en una entrevista en Buenos Aires, comentó que las concepciones sobre la muerte en Europa y en Latinoamérica son diferentes:

“Ellos [los europeos] nunca piensan en la muerte hasta el día en que se van a morir”, dice. “Los latinoamericanos están pensando todo el día en la muerte, hasta para despedirse en la noche dicen ‘Dios mediante’ o ‘si Dios nos da vida’, dicen ‘Hasta mañana si Dios nos da vida’. Porque siempre conviven con la muerte”

Este tipo de observaciones son las que permiten formarnos una idea de cómo la muerte y sus símbolos y expresiones tradicionales han tomado formas singulares y diversas en México. Hay algo cotidiano en ellas, que hace pensar en su originalidad, en su naturaleza transparente, a la que podemos acceder por medio de una lectura atenta de sus expresiones. Pero hay de detalles a detalles. Rulfo lee antropológicamente una práctica a la que se le pone poca atención: los dichos de la gente al despedirse. De ese detalle ínfimo se puede partir para un estudio más amplio.

Como cualquier tradición, el Día de Muertos en México se reelabora en su contacto con cada nueva circunstancia, sin perder nunca su toque novedoso, propio. Eso logra captar la lente de Maldonado desde diferentes encuadres: el proceso de renovación de esta tradición mexicana. En sus instantáneas está capturada, por ejemplo, la Calavera Garbancera, personaje popularizado por el retrato que labrara en su momento el grabador José Guadalupe Posada, y que Diego Rivera también personificó en uno de sus murales, por los cuales se le conoce como La Catrina.

Esa Catrina en las fotos de Maldonado es y no es la misma que la de Posada y la de Rivera, puesto que viene a renovar, insisto, una tradición del siglo XIX, cuando en la prensa se ilustraba con calaveras a varios sectores de la sociedad como una forma de crítica social, iniciada en parte con Manuel Manilla. Así, en las fotos relucen las calaveras curras y la Catrina en diferentes formatos y contextos sociales: niños, parejas, equipos, comitivas. Es la tradición cambiando de piel, cuando las calaveras se combinan con accesorios de otros grupos urbanos. 

Esta renovación de la tradición del Dia de Muertos ha tomado diferentes rumbos dependiendo de la región de México. Uno puede vivir la festividad de manera muy diferente, desde Janitzio en Michoacán, la Ciudad de México o la ciudad de Aguascalientes, del estado del mismo nombre. En esta última, por ejemplo, la tradición de “los muertitos” se ha mezclado con una exaltación de la obra de Posada, por ser su ciudad de origen. Hay un Museo dedicado a su vida y obra y desde hace algunos años se edificó el Museo Nacional de la Muerte y se creó el Festival de Calaveras, que se realiza en octubre y noviembre. La tradición se renueva también en su contacto con el turismo y con la derrama capital, efectivamente. Pero algo se debe dejar claro: la renovación de esta celebración mexicana no tiene nada que ver con esa otra muerte que asola el país desde hace varios años, aunque se confunda con ella. Por demás, sea esta muestra fotográfica de Ricardo Maldonado una panorámica de una textura única, donde se funden instantáneas de los procesos continuos de representación de la Fiesta de los Muertos en México.

      Adrián Gerardo Rodríguez Sánchez, historiador mexicano.

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